Y nos vamos a meter de lleno en eso, en un conflicto por la memoria del rock argentino acá en Buenos Aires, específicamente en una esquina mítica, Avenida Rivadavia y Avenida Jujuy. El nudo del problema es súper concreto.
Dos placas conmemorativas que la propia Legislatura de la ciudad había declarado de interés cultural, simplemente se esfumaron. Y ahora hay toda una batalla para que las restituyan.
Y bueno, al analizar la crónica y los testimonios que tenemos, la idea es entender no sólo qué pasó, sino qué nos dice este, este pequeño conflicto sobre una pelea mucho más grande.
Sí, la pelea entre la memoria de todos y la propiedad privada de uno, ¿no?.
Tal cual. Es el choque entre el patrimonio de una ciudad y, bueno, el dueño de un local.
¿Qué pasa cuando el nuevo dueño de un espacio histórico, pues no valora o no le interesa el legado que tiene entre manos?.
A ver, vamos a desglosarlo porque tiene varias capas.
Empecemos por el escenario, el Bar La Perla. Para quienes no lo conocen, éste no era un bar cualquiera. Para nada. En los años 60 fue un semillero, un punto de encuentro fundamental para la génesis del rock nacional.
Totalmente. Ahí nacen historias y figuras como Tanguito, por ejemplo.
Y para marcar esa importancia, en la fachada había dos placas. Las había instalado la legislatura, reconociéndolo como sitio de interés cultural. Eran como anclas físicas de la memoria. En una ciudad que, bueno, que cambia todo el tiempo, esas placas son una declaración pública que dice, "Ojo, Acá pasó algo importante. Esto no es solo un edificio".
Claro, es parte de nuestra historia. Materializan un recuerdo que si no se podría perder, ¿viste?
Exacto.
Pero la palabra clave es había. Hoy ese local es una pizzería. De una cadena conocida, La Americana. Y las placas, bueno, ya no están.Afirma que el dueño actual la retiró y que incluso, textual -según sus consultas realizadas- se hizo el machito delante de los empleados y ordenó que las arrancaran.
Y esa palabra arrancar es fundamental.
No estamos hablando de que se cayeron con el tiempo, no. No, para nada.
Arrancar implica eh... violencia, una decisión activa, un acto de borrado. Es lo que después los amantes de rock y diputados consultados en conversaciones informales calificaron como intento de borrar una memoria colectiva.
No es un descuido, es todo una declaración.
Y frente a esa declaración, la respuesta de Calderón no fue sólo un posteo en redes, una queja al aire. No, para nada. Decidió responder pero usando las herramientas del sistema. Siguió un camino súper formal.
El primer paso fue poner una denuncia en la Defensoría del Pueblo. Y eso es clave, porque demuestra una madurez, digamos, en el activismo cultural. Ya no es sólo la protesta en la calle, es saber cómo moverse en el laberinto de la burocracia.
Totalmente.
Básicamente les dice, "Che, esto que ustedes declararon de interés cultural ya no existe. Hagan algo".
Y la legislatura también actúa. ¿Qué es lo más sorprendente?.
Las fuentes son clarísimas. Recibieron el aviso y mandaron a hacer las dos placas de nuevo.
¿Están listas?.
Fabricadas, esperando en algún lado para ser colocadas. Y para mí ese es el momento más irónico de toda la historia.
El Estado, que a menudo es lento, acá responde. Fabrica la solución material al problema. Pero esa solución, esas dos placas terminan guardadas en un depósito. Porque acá es donde la historia, que parecía ir por buen camino, se choca contra una pared. Una pared que es una sola persona.
Exacto.
Todo ese mecanismo: la denuncia, la investigación, la acción de la Legislatura, queda todo frenado por el no del dueño actual del local.
Si la frase que se repite es simple y contundente, no la quiere colocar. Fin de la discusión para él. Pero ese no tiene peso legal, o sea, es puro capricho o hay algo que lo ampare y diga: "Es mi pared, hago lo que quiero".
Esa es la pregunta del millón y al corazón de todo este lío.
Acá es donde ves la tensión. Por un lado, el derecho del dueño sobre su local. Es su fachada, ¿no? Claro.
Pero por otro tenés una declaración de la Legislatura, un acto de gobierno que le da un interés público a ese mismo espacio. El problema es que al parecer la normativa que declara un lugar de interés cultural. ¿Es más bien simbólica?. Exacto. Es más un reconocimiento honorífico que una obligación legal. No parece que puedan forzarlo a poner algo en su propiedad si no quiere.
Entonces es un limbo, un reconocimiento público que depende al final de la buena voluntad de un privado.Y ese limbo legal es lo que nos lleva a las reacciones más humanas de esta historia. Las de la gente que vivió esa época.
Claro, porque Calderón como buen periodista fue a buscar esas voces. Y las respuestas que consiguió son uf, reveladoras.Primero, habló con Pipo Lernoud. Una figura central de toda esa movida. Totalmente. Y lo encuentran en medio de un homenaje que le estaban haciendo.
Le explican toda la situación, que las placas están hechas pero el dueño no las quiere poner. Y Lernoud le responde muy cortito, "que se arregle con la Legislatura". Y a primera vista puede sonar un poco frío, ¿no?.
Sí, a mí me sorprendió. ¿Suena casi distante?. Como si no le importara, viniendo de alguien que fue protagonista de esa historia.
Yo creo que se puede leer de otra manera.
Quizás es la respuesta de alguien que ya peleó estas batallas mil veces y entiende que llegado a un punto la nostalgia ya no sirve. Se convierte en un trámite.
Claro. Su respuesta es súper pragmática. Es como decir, "Esto ya no es un problema cultural, es un problema legal. Que las instituciones que crearon la placa se hagan cargo".
Es casi un yo ya hice mi parte, que fue hacer la historia. Ahora al Estado le toca protegerla. Es una buena lectura, ¿sí?.
Y muy distinta la siguiente reacción, la del periodista Alfredo Rosso. Otro referente, periodista, musicólogo. Cuando Calderón le cuenta la historia, Rosso primero le confirma que sabía de las placas. Dice: "Sí".
Y cuando se entera de la denuncia, lo apoya al toque. "Me parece muy bien". Y como se tenía que le pide el correo electrónico para seguir el caso. La reacción de Rosso es la del cronista, del guardián de la memoria que entiende cómo funcionan estas cosas. Le pide que lo mantenga al tanto para ver cómo ayudar. Entiende que la lucha por la memoria también necesita seguimiento, persistencia.
Su apoyo no es de resignación, como el de Lernoud, sino más bien estratégico.
Claro.
Y después viene la tercera reacción, la de Juan Carmona lo corta y le dice, "Sí, la sacaron, ya lo sé. Ya estaba al tanto". Y mientras Calderón le da más detalles le pide que le escriba por redes en otro momento.
Lernoud lo ve como un problema legal, Rosso como una causa a seguir, y Carmona lo siente en el cuerpo. Esas tres reacciones te pintan el cuadro completo. Es un gran resumen de las capas del problema, ¿sí? Y nos deja donde estamos ahora, en un verdadero estancamiento.
Las placas existen, están guardadas en algún depósito de la Legislatura, el dueño se niega.
Y Carlos Calderón no se rinde. Le dijeron que tiene que volver a la Defensoria del Pueblo para empezar otro reclamo. La pelea sigue, pero en el laberinto burocrático. Y este caso que parece chiquito, es un microcosmos perfecto de un desafío que tienen las ciudades en todo el mundo.
¿Cómo preservás una memoria intangible? La historia cultural, los movimientos sociales.
En espacios físicos que son privados y cambian todo el tiempo.
Claro, un bar se convierte en pizzería, una librería en una tienda de ropa y con cada cambio te arriesgas a que la capa anterior de historia se borre. Es una lucha constante contra la amnesia urbana.
De hecho, una de las ideas más interesantes que sale de los documentos es esta sugerencia de revisar la normativa. La idea de que quizás la ley que permite poner estas placas debería ser más fuerte, ¿no?.
Claro, para que la memoria no quede a merced de un cambio de firma o del humor del dueño de turno. Exacto, porque la situación actual deja en evidencia Y esto nos lleva a la pregunta de fondo que nos deja este caso, una que va mucho más allá de dos placas y un bar. Esa es la pregunta.
En definitiva, ¿Dónde se traza la línea entre mi pared y nuestra historia? Es que es una línea muy fina. Si obligás a un particular, ¿dónde para el poder del Estado?
¿Te podrían obligar a poner una placa en la puerta de tu casa si un personaje histórico vivió ahí hace 200 años?. Suena suena invasivo. Quizás la distinción está en la naturaleza del espacio. No es lo mismo una casa particular que un local comercial, un espacio que por definición es de acceso público y forma parte del tejido de la ciudad de otra. Claro, es parte del paisaje público. Al operar un negocio en la esfera pública, no se adquieren también ciertas responsabilidades cívicas.
El debate de fondo es si la declaración de interés cultural debería ser sólo un honor o si debería funcionar como una pequeña obligación que viene con la propiedad de un lugar históricamente importante.
Una obligación de ser el custodio de un pedacito de la memoria colectiva, aunque no te interese o ni siquiera te guste.
Tal cual. Es una idea potente.
La pregunta de si una pared puede ser al mismo tiempo enteramente privada y parcialmente pública.
Un dilema sin respuesta fácil, que es exactamente donde esta historia está ahora.
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Abrazo roquero del Este mendocino
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